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HACER CONFIANZA


Por Martín K
(Agosto, 2002)


Los que participamos en los nuevos movimientos como las asambleas, sentimos por primera vez en mucho tiempo que se constituyen lugares donde se puede "hacer algo" en un país que se caracteriza por el sometimiento, la pasivización resignada y la incapacidad irresponsable y deliberada de las instituciones estatales (y todo el sistema de representación sobre el que se sostienen) para dar un lugar y servir (y proteger, como es la moda) a la ciudadanía.
En algún sentido, las asambleas (y los piqueteros y todas estas organizaciones) estamos tejiendo una trama, con los jirones fragmentarios y desarticulados de lo que fue alguna vez el pueblo argentino. Estamos creando un nuevo espacio público, nuevos nombres, nuevas definiciones, en síntesis, una nueva realidad, en medio de un desierto...
Sabemos que esta tarea no está exenta de dificultades y obstáculos sobre los que considero importantísimo reflexionar, no tanto por un afán perfeccionista sino porque si estamos haciendo algo realmente nuevo, implica también que no estamos copiando ninguna receta, ni ningún modelo preestablecido ni garantizado por marca de origen, sino que estamos construyendo y pensando sobre la marcha, haciendo y analizando los efectos de nuestras acciones, aprendiendo a hacer y a pensar, con el aporte de cada uno, con el obstáculo de cada uno.
Una manera de pensar la crisis que nos afecta es partir de las profundas alteraciones de las relaciones entre los miembros de esta sociedad, que propongo caracterizar como una brutal crisis de desconfianza.
Esta desconfianza ha sido estimulada y sostenida por la implantación de un sistema de valores y de vinculación que privilegia sobre todo al individuo (y su correlato material: la propiedad privada), una ideología que jerarquiza el proyecto personal, promueve la competencia y la acumulación, aisla a los individuos en redes, exalta el egoísmo y sostiene la ficción del paraíso en la tierra, con la promesa-zanahoria de salvación sostenida en la acumulación o el prestigio personal. Esta "fé de mercado", con la apología al individuo fue socabando los principios en los que se organizaban nuestras comunidades y de un modo complejo sus principios se infiltraron en nuestras cabezas donde muchas se manifiesta (aún involuntariamente) en nuestros pensamientos y acciones.
La "religión de mercado" ha vaciado el sentido de la representación (que se vayan todos!), pero también afectó las prácticas de convivencia cotidianas y los vínculos interpersonales.
Observemos que hoy se desconfía del gobernante y sus instituciones, del futuro, del candidato, del tipo que se nos acerca en la calle, de esa sombra que podría robarnos y es un cartonero, del piropo, y a veces también del vecino de la asamblea.
La lenta y progresiva crisis produce de manera cada vez más elocuente un espacio social inhabitable, y en episodios como el 20 de diciembre (y en todas las asociaciones horizontales de los últimos tiempos) se constituye un límite a esa fragmentación, creando un espacio, donde antes era el desierto competitivo de mercado. Del consumidor en el shopping al vecino en la calle, por llamar de alguna manera ese pasaje.
A este nuevo espacio acuden los parecidos y los diferentes, los de siempre y los de ahora, los sensibles y los duros, los dogmáticos y los poetas, los simpáticos y los serios, los impacientes y los tranquilos y también los desesperados.
A diferencia del shopping en estos espacios tenemos relaciones con el semejante (en todos los sentidos de la palabra), y esto es quizás lo fundamental de la asamblea, porque es a partir del vínculo con el semejante que podremos construir una comunidad que resista al individualismo imperante.
Si como antes decíamos la manifestación de esta crisis se expresa a nivel relacional no es de extrañar que estas dificultades se presenten en la asamblea. Como decía un vecino, conservamos las propiedades del medio desde el cual nos constituímos.
Una manera de operar con estas dificultades es dejar que se expresen en nuestra comunidad y trabajar sobre ellas, sabiendo que la expresión de estas cuestiones produce malestar y asumiendo que la respuesta a las dificultades es necesariamente un trabajo colectivo (es en este sentido la asamblea es un laboratorio social a pequeña escala).
Que las dificultades existan no quiere decir que necesariamente se expresen, para esto último es necesario:
"Dar lugar", escuchar que es lo que muchas veces no puede terminar de decirse pero circula (a veces en forma de enojo, malestar, inquietud)
Partir de la idea de que ninguno de los que participa en la asamblea está excento de ser obstáculo para el movimiento colectivo (y su inversa que es que nadie tiene la posta, sino que la única posta es la que se construye colectivamente).
Asumir que lo que aparece (siempre y cuando no haya mala fé) tiene su razón de ser (aunque no se comprenda o se comprenda demasiado rápidamente que es lo mismo) y debe ser escuchado, sin jerarquías a priori respecto de lo que es escuchable y lo que no.
Este trabajo implica pensar los problemas "relacionales", nombrarlos y sobre todo hacer pública una reflexión sobre estas cuestiones. De otra manera, estarían operando pero de manera invisible siendo imposible una intervención al respecto.
Creo que esta perspectiva resulta fundamental para que la asamblea se "abra" a aquellos vecinos cuya participación se basa en la necesidad de encontrar un lugar para hacer con otro, y no tanto en convicciones ideológicas o de militancia. En el fondo creo que el querer hacer con otro implica en estos tiempos una posición ideológica pero que no todo el mundo tiene conciencia de ello (ni debería tenerla como condición).
De este modo, a través de la generación de confianza, tenemos un modo de cohesión que no solo se afirma en convicciones concebidas a priori , sino que resulta por decirlo de alguna manera, de los efectos relacionales que se dan en el marco de la asamblea y que contribuyen a la habitabilidad de este espacio ante el brutal desierto del individualismo de mercado.
Esta manera de entender la asamblea, implica una ética que se articula en una renuncia a aprioris, formas y funcionamiento particulares y previos a la asamblea misma.
Para hacer confianza, para cimentar una fidelidad que se asume a partir de lo que pasa en el intercambio concreto de el espacio de la asamblea, en la forma de la constitución de los acuerdos y las prácticas, a través de una acción que no deja de pensarse, de un pensamiento que se constituye en acción.
Saludos fraternales y comunitarios

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