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Publicado en la revista Campo Grupal, Octubre http://www.campogrupal.com
Y Inventiva Social :   http://www.eListas.net/lista/inventivasocial

 

Ellos, los yanquis...

11 Septiembre, 2002

Lisa Garrigues

El otro día, un señor que participa en la asamblea vecinal de Colegiales, sentado a mi lado en la pizzería donde todos estabamos reunidos después de la asamblea, hablaba del papel de los EEUU en Latinoamérica. Con razón, este señor tenía mucha bronca.
"Yo no estaba triste cuando ocurrieron los atentados", dijo. "Yo brindé".
No es la primera vez que yo, una "yanqui" viviendo en Argentina, he oído este sentimiento. Desde las palabras de Hebe de Bonafini después de los atentados hasta la carta que otro señor del barrio me entregó
personalmente, llena de una rabia amenazante y de frases apocalípticas de la Biblia.
Si hablamos de los símbolos que representaban los blancos del 11 de septiembre: el Pentagono, la Casa Blanca, y las Torres que para muchos simbolizan los negocios de Wall Street y de empresas multinacionales, puedo entender este sentimiento: alguien del tercer mundo logró hacer vulnerable al país mas poderoso, que había sembrado el terror en muchos lugares del mundo sin tomar mucha responsabilidad.
Hasta que hoy, un año después, viendo los imágenes repetidas de la caida de las torres, de la gente corriendo angustiada en las calles, me encuentro un poco harta de verlas, no solo porque me abre una cicatriz que prefiero dejar cerrada, sino también porque me pregunto donde están los imágenes de las muertes en otros lugares del mundo.
Porque no estamos hablando solamente de símbolos. Estamos hablando de la perdida de 3.000 vidas humanas: trabajadores, madres, padres, hijos.
Y en ninguna parte del mundo -ni en los EEUU, ni en Latinoamerica, ni en Afganistan, ni en Irak- voy a brindar por la perdida de vidas humanas.
"Mirá" le dije al señor de la asamblea, "el gobierno de Argentina ha hecho cosas horribles. ¿Pero por eso yo voy a brindar si alguien ataca tu casa con un avión y mata a tu mujer y tus hijos?"
"Nada que ver," dijo el señor. "Todos los yanquis son hijos de puta."
El odio es bien contagioso. Yo también me empecé a enfadar, pero intenté de guardar una voz tranquila.
"Tu me puedes mirar a la cara y decir que soy una hija de puta?" le dije.
"No," me dijo el señor, con cariño. "No sos uno de ellos."
Es mucho mas fácil odiar a "ellos" que a alguien sentado a tu lado en una pizzería.
"Yo los conozco a ellos, los yanquis" siguó el señor. "Porque fui varias veces a ese país. Son racistas, te tratan mal, sobre todo a los inmigrantes, sobre todo si no hablás su idioma."
"Hay verdad en eso" dije, pensando en el tratamiento que muchos de mis amigos y estudiantes inmigrantes han recibido de ciertas personas en mi país. Pero también pensé en las muchas veces que he oído a los Argentinos hablar mal de los peruanos, de los bolivianos, de los pueblos originarios, de los judíos.
Intenté otra vez. "Mirá" dije, "hay de todo en mi país. Hay racistas e hijos de puta y también hay gente buena y gente durmiendo en la calle y niños que no tienen para comer. A mi me parece mas valido crear una puente con la gente dentro de los EEUU que también son víctimas del neoliberalismo. Hay una brecha creciente entre los ricos y pobres..."
"Si, pero no es la brecha que existe acá" dijo otro miembro de la asamblea, derrumbando el pequeño puente que intentaba construir dentro de la conversación.
Por fin, me callé, dejando al señor ventilarse de su angustia con su discurso sobre "los yanquis" sabiendo que probablemente este discurso venia tanto del hambre que sufre el país, de las visitas del FMI, de
la presencia de los marines en Misiones, del ALCA, y de Monsanto y de los medios que muestran el sufrimiento de algunos y no de otros.
Hasta que me dí cuenta de que cuando todos salimos de la pizzeria y estabamos hablando de otras cosas, -de la bicicleteada que ibamos a hacer el domingo, de cómo apoyar a los vecinos que querían vender comida en la calle, de si ibamos o no ibamos a recuperar un edificio- se me había ido la bronca que surgió momentaneamente frente al odio palbable de este señor. Reemplazada, si, por una cierta tristeza. Tristeza por ese país -que a pesar de todo amo y llevo como una piel y nunca voy a poder dejar atrás- que ha sembrado tanto odio en el mundo. Tristeza que un año después de reconocer que son tan vulnerables como cualquier otro pueblo del mundo, muchos de mis compatriotas no han hecho la autocritica del papel de su país en el mundo y han caído en esta ilusión de la guerra del bien contra el mal.
Y tristeza también porque "la resistencia" a cualquier orden que se impone en el mundo, frecuentemente contiene las mismas fallas del orden contra el cual se pretende luchar: aceptación y hasta celebración
de los "daños colaterales", de la perdida de vidas humanas en la búsqueda de victorias simbólicas, la batalla entre el bien y el mal donde "nosotros" siempre tenemos todo el bien y "ellos" siempre tienen
todo el mal, el odio al "otro" por la culpabilidad de haber nacido dentro de una piel o una nación distinta.
Yo, todavía, sueño con otra resistencia, una compuesta no de la creación del odio y si de puentes entre los seres humanos. La mejor resistencia a la inhumanidad es la humanidad.
Y por esa humanidad,-a pesar de nuestro odio, nuestro miedo, nuestros prejuicios y nuestra autodestrucción- por esa, si, siempre voy a brindar.

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