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DARNOS CUENTA
Hoy es jueves, día de asamblea y me propuse escribir esto para el próximo boletín, cueste lo que cueste.
Me queda poco tiempo, así que trataré de sintetizar lo que vengo sintiendo desde que empezó toda esta historia, es decir, mi participación en el argentinazo del 19 y 20 y desde allí, en las asambleas. Todo esto en realidad empezó mucho tiempo atrás, quizás desde que, cuando estaba en el primario, me enfrentaba a todo el grado para defender a un compañerito al que todos gastaban cruelmente porque era distinto. Siguió con otras muchas cosas, como por ejemplo, una vecinita, negra como el carbón y para colmo, hija de madre soltera y empleada doméstica, con la que los chicos de la cuadra no querían jugar, por lo que nos hacían el vacío a las dos, porque yo no estaba de acuerdo con esa discriminación estúpida. Y mi vieja me decía perpleja y molesta, "¿porqué siempre mirando para abajo en vez de para arriba? Yo no sé qué va a ser de vos, ¡siempre preocupada por las injusticias que de todos modos no tienen arreglo!" Y yo sentía bronca y tristeza por ella, que fue víctima, igual que el resto de mis ancestros, de la persecución nazi y de otras discriminaciones por el estilo. La hago corta, así pasé por un secundario muy cuestionado (por decisión propia dejé el excelente colegio alemán privado y elegí uno público) y llegué a la universidad subversiva de los '70. Ahí fue cuando mi viejo, durante las interminables discusiones en la mesa familiar, sentenciaba hasta el cansancio "el que a los 20 no es socialista, no tiene corazón; pero, el que a los 30 lo sigue siendo, no tiene cabeza". Luego vino un viaje al caliente Los Angeles del '68, el tiempo del Black Power, de Malcolm X, de las Panteras Negras y mis parientes yanquis echándome de su casa por andar con negros (justo ellos, que tuvieron que refugiarse ahí por ser judios).
Cuando finalmente me recibí de psicóloga, con una vasta formación freudiana, me resistí a readaptar "neuróticos" al sistema recontraperverso y entré en conflicto con todo el paquete. Así fue como preferí dedicarme a otros menesteres, hice de todo, traducciones, di clases de idioma, trabajé en radio, hasta hice transporte escolar, tuve un laboratorio fotográfico, dos exmaridos y crié a mis dos hijos, también insurrectos. Entremedio atendía sólo a pacientes de bajos recursos, casi a la gorra. Me negué a lucrar con la "salud mental" privada, así que la socialicé, en muchos sentidos.
Bueno, esto venía a que, desde que tengo uso de razón y memoria, siempre sentí con todas mis entrañas, que esto estaba muy pero muy mal y me propuse hace mucho, hacer algo para cambiarlo, y acá estoy todavía.
Y ahora, que la indignación y el dolor ya son casi intolerables, me encuentro por fin con gente que está realmente dispuesta a dar batalla en serio, como los piqueteros con los que estuvimos reunidos el sábado. Y ahí confirmé una vez más esta sensación de que las asambleas son el caldo de cultivo para muchas cosas, aunque a veces se detengan en largos debates probablemente necesarios. No son sólo catarsis de la clase media decepcionada, ni foros de intelectuales nostálgicos, son un lugar de encuentro con gente polentosa que quiere construir otra historia, una que valga la pena, como por ejemplo con la que me junté el miércoles en la casa de un compañero, donde estamos gestando un embrión, hijo urbano de los increíbles pero ciertos MTDs, hijo 'e tigre feroz pero solidario, comprometido en la lucha para hacerle frente creativa y dignamente a la desocupación y al modelo que, implacable y sin darse cuenta, nos está dejando afuera, para que podamos conspirar mejor y aprender juntos a construir nuevos caminos hacia un país y un mundo distintos. ¡Excluídos del mundo, uníos! Bienaventurados seamos los "expulsados", porque de nosotros será esta tierra.
Ah, me olvidaba, creo que es hora que los desocupados y subocupados del barrio nos empecemos a juntar, ¿no les parece?
Nos estamos reuniendo los miércoles a las 20 hs. y los sábados a las 17 hs. en Lacroze 3160. ¡Están todos invitados!
Mónica

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